viernes, 16 de enero de 2015

El máximo beneficio

La ciencia económica no es una técnica de relaciones entre objetos
a base de variables cuantitativas, sino un estudio de decisiones humanas
 inspiradas en valores sociales y moldeadas por redes institucionales.

José Luis Sampedro


En el sistema económico capitalista el objetivo de las unidades económicas indiscutible es la obtención del máximo beneficio. El éxito de una empresa, una cooperativa o una multinacional se mide de manera inmediata a través del balance financiero, que cada año refleja en una sola cifra el beneficio o pérdida registrado.
En el libro La Economía del Bien Común, Christian Felber diagnosticaba que este era una de las grandes equivocaciones que nos ha llevado a confundir los fines con los medios. Las empresas fueron pensadas en su origen, según la teoría económica, para satisfacer necesidades. Aún se sigue definiendo economía como la ciencia que estudia la forma o medios de satisfacer necesidades humanas mediante la utilización de recursos escasos. Sin embargo el fin original ha ido perdiendo importancia en la evolución del capitalismo, hasta llegar a un punto en el que el medio para conseguir esa satisfacción (el resultado reflejado en el balance financiero) se ha convertido en el fin de toda actividad económica. El éxito de una empresa se mide con la cifra que refleja su cuenta de resultados.
Este principio incuestionable se ha llegado a extender más allá de las unidades económicas. Las empresas son consideradas el motor de la economía, son admiradas por la sociedad y mimadas por las instituciones. Se han convertido en el modelo a seguir, en el espejo en el que se miran el resto de actividades, instituciones, e incluso ciudadanos. Actualmente se admira y se pone como ejemplo a aquellos que consiguen mayores beneficios económicos, sin importar si para ello han explotado niñas en el tercer mundo o han talado bosques indonesios. Como mostraba Jonh Ronson en su libro ¿Es usted un psicópata?, hemos alzado a los psicópatas, a los tiranos, a los infames, a lo más alto, y ahora los tenemos moviendo los hilos de nuestro guiñol; pero además el público, contagiado y desnaturalizado, aplaude sus crímenes.
Hemos asumido que el fin de todo elemento económico es el máximo beneficio, por encima de todo, por encima de la dignidad de las personas, de la justicia, de la sostenibilidad ecológica. Además, como las empresas se han convertido en el ejemplo a imitar, sus principios los aplicamos a las personas. El fin de cualquier individuo es conseguir el máximo beneficio, comprar lo más barato posible aunque tenga que hacer kilómetros para conseguirlo, “yo no soy tonto” dice el eslogan de una tienda, el tonto es el que no consigue el máximo beneficio. Todos hemos presumido alguna vez de comprar una ganga.
El fin de algunas familias ha sido conseguir que su patrimonio, su propia casa, se revalorice. Y el de muchos trabajadores en época de bonanza fue incrementar el salario cambiando de empleo, o de residencia si fuera necesario, sin apenas valorar otras connotaciones. Hasta los niños asumen esta filosofía del máximo beneficio con facilidad, y les aplaudimos si negocian un incremento de su paga con alguna triquiñuela.
Los servicios públicos estatales o municipales, imbuidos en esta lógica se han acabado mercantilizando, recordemos que el primer ministro japonés, Taro Aso, responsable del área económica, llegó a pedir a los ancianos del país en enero de 2013 que "se den prisa en morir" para que el Estado no tenga que pagar su atención médica; Christine Lagarde, la presidenta del Fondo Monetario internacional pidió a España bajar las pensiones por “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”.
Los equipos de fútbol han evolucionada hacia la economía de mercado con el merchandising y la compra-venta de jugadores, de manera que las decisiones las marca más la cuenta de resultados que los aspectos deportivos.
Los criterios a la hora de atender la sanidad o la educación públicas, se justifican más por una supuesta rentabilidad que por la vocación de servir al pueblo.
Una vez consensuado el diagnóstico, el camino para reinventar la economía será un poco más fácil
Los municipios justifican sus políticas por la rentabilidad, externalizan o privatizan servicios o recalifican terrenos para incrementar las arcas municipales, no para facilitar la vida de sus ciudadanos.
Es decir, toda la sociedad está contaminada con la lógica empresarial. Cuando esta lógica llega a atentar contra la vida o la enfermedad, como en el caso del ministro japonés, puede escandalizarnos. Pero sólo porque traspasa una frontera que aún no hemos relajado, no porque el razonamiento subyacente nos parezca fallido.
Un caso que merece mención especial es el de las naciones. El objetivo de cualquier estado moderno, con el que se diseñan las estrategias políticas, es el incremento del PIB. A semejanza de las empresas, los países miden su éxito a través de un solo parámetro. Un parámetro cuyo contenido es la producción de bienes y servicios. Sólo aquellos gobiernos que consiguen incrementar cada año ese índice se consideran exitosos. Bajo este prisma, China o India son el modelo a seguir, con incrementos anuales cercanos al 7%.
El creador del PIB, el economista ruso-estadounidense Simon Kuznets, en su primer informe de 1934 sobre el tema, alertaba contra la tentación de utilizar el PIB como si fuese una medida válida de progreso, ignorando que es una simplificación excesiva de cosas complejas. Treinta años después decía "las metas de más crecimiento deberían especificar más crecimiento de qué y para qué"- [1].

Una vez identificado el principal origen del despropósito del sistema, una vez consensuado el diagnóstico, el camino para reinventar la economía será un poco más fácil.

miércoles, 14 de enero de 2015

La Economía del Bien Común y el cambio necesario





Una propuesta como la capitalista, según la cual la base de la conducta humana es solo el afán de lucro, está radicalmente equivocada. Lo que se muestra cada vez más, desde la biología evolutiva y desde las neurociencias, es que los seres humanos estamos biológicamente preparados para cuidar y para cooperar. 
 Adela Cortina, autora de ¿Para qué sirve realmente la ética? 

En 2011, tras la explosión colectiva que supuso el movimiento de los Indignados, el 15 de mayo, los ciudadanos españoles comenzaron a organizarse buscando formas de canalizar si ira, brotó la necesidad de conocer y comprender la situación y de buscar la senda para cambiarla. En este escenario, aparece un vídeo en youtube protagonizado por Christian Felber, que propone un camino, una forma concreta de empezar a dar pasos en esta dirección. La propuesta es una de tantas, muchas de las cuales tienen éxito y seguidores, y montones de personas anónimas comienzan a trabajar para la transformación social. 

El mercado social de Madrid, la cooperativa integral catalana, la banca ética, los grupos autogestionados de consumo y el auge de la alimentación agroecológica, la teoría del decrecimiento, los pueblos en transición, la plataforma Stop Desahucios, la soberanía alimentaria, la moda sostenible, la defensa de la sanidad, la marea verde, la primera marea en lucha por una educación pública de calidad, la plataforma juventud sin futuro, los parados en movimiento, los escraches, el foro social mundial, economía Sol y sus charlas en El Retiro, la oficina de desobediencia económica, la plataforma por la auditoría de la deuda, que cuando empezaron no eran más que unos pocos antisistema y ahora hasta los más conservadores hablan de ello como si lo hubieran inventado; la iniciativa no nos vamos, nos echan, el frente cívico o las diferentes formas de cooperativismo son sólo unos pocos ejemplos de los cientos surgidos, resurgidos o reforzados desde entonces. 

Aquí nos centraremos en un ejemplo, un grupo de personas que se dejan contagiar por el entusiasmo realista de Christian Felber y comienzan a crear en España un movimiento para el fomento de la Economía del Bien Común. El 21 de noviembre de 2013, dos años después de la aparición del vídeo en internet y sólo año y medio tras la publicación del libro “La Economía del Bien Común”, se crea formalmente en Vitoria la Asociación Federal para el Fomento de la Economía del Bien Común en España. 

Pero ¿Qué es la Economía del Bien Común (EBC)?, ¿qué tiene una teoría económica para movilizar a tanta gente?, ¿cómo un vídeo de catorce minutos puede entusiasmar y crear un voluntariado estable en 15 países , además de conseguir el apoyo de empresas, municipios, instituciones, universidades y colectivos? En mayo de 2012, se publicó el libro de Christian Felber en español. La idea fundamental es común a otras teorías económicas y políticas: “La economía necesita alinearse con los valores humanos”, titula un periódico su entrevista al autor. “Queremos una economía basada en las personas”, dicen muchos políticos que intuyen la deriva deshumanizada del sistema actual. Y ahora viene la verdadera pregunta: ¿cómo lo hacemos? 

Felber se molesta en analizar cuáles son esos valores humanos que hacen florecer nuestras relaciones. En cada una de sus charlas pregunta a los asistentes qué valores son fundamentales y positivos en su vida, y en cada rincón del mundo las respuestas son similares. La sociología, la ética, la filosofía estudian estos valores comunes a todos los humanos. La clave está en desfragmentar estas ciencias, incluso, como dice Christian Felber, en “dejar que los no economistas se ocupen de la economía”. 

Hay varias claves que hacen original la Economía del Bien Común. He aquí algunas de ellas. 

1. En primer lugar el cambio económico propuesto no parte de las instituciones. No se trata de derrocar un gobierno y modificar la legislación para cambiar las cosas. El plan consiste en reformar primero a las personas, empresas, municipios…, y a partir de ahí conseguir un cambio legislativo. Pirámide hoja de ruta de la transformación hacia el Bien Común 

2. En ese mismo sentido, la EBC pone el acento en la microeconomía, en concreto la transformación propuesta es fundamentalmente la de las empresas. La clave es conseguir que las unidades económicas varíen su finalidad. Como decíamos el cambio viene de abajo a arriba, pero la unidad fundamental, la que realmente tiene la llave, es la empresa. 

3. Propone un instrumento nuevo de medición de la verdadera finalidad de las empresas y los estados, que sustituya al balance financiero en lo micro y al Producto Interior Bruto en la macroeconomía. En esta sociedad monetizada nos cuesta valorar aquello que no sabemos medir, nuestra mente necesita simplificar. Para ello Christian Felber aporta el Balance del Bien Común, una matriz capaz de organizar, valorar y comparar la contribución de cada unidad económica al bienestar social. Quizás este instrumento sólo sea necesario de manera transitoria, es posible que más adelante, en un nuevo contexto no sea necesario convertir en número todo lo importante. 

A la vez la EBC se alinea otras corrientes: 

4. Al igual que otras teorías microeconómicas del momento, como la economía social y colaborativa o los movimientos we-share, o creative common, desactiva la verdad inamovible del darwinismo económico y cuestiona el principio de Adam Smith sobre el máximo beneficio y la competencia, apostando por la cooperación y el bien común. 

5. Aboga por preguntar a los ciudadanos si creen que se debe limitar el salario máximo. Se propone que se pregunte el número de veces que creen que el salario máximo debe superar al mínimo. 

6. Se plantea limitar también el patrimonio privado y la herencia en una cantidad decidida democráticamente por el pueblo soberano. Las limitaciones deben ser el resultado de un debate verdaderamente democrático, y en un principio se propone que afecten a un porcentaje muy pequeño de la población, es decir, por ejemplo si se limita el patrimonio a diez millones de euros, esta limitación afecta a un porcentaje pequeñísimo de los ciudadanos, y los afectados podrán seguir disfrutando de muchos más dinero del que serán capaces de dilapidar en toda una vida de lujos.

7. Limitación del uso del superávit en las empresas. Eliminación del reparto de beneficios entre propietarios que no trabajen en la empresa (como dividendos), no se permitirán tampoco inversiones financieras ni donaciones a partidos políticos. “Las empresas deben obtener sus ingresos solamente a través de los productos que fabrican o los servicios que prestan.” 

8. Propone la eliminación de la especulación, la bolsa de valores, y las ganancias basadas en apuestas.

9. El dinero debe estar en manos de una banca democrática que base sus beneficios en el bien común y que elimine de sus arcas los frutos de la especulación. 

10. El desarrollo de una verdadera democracia participativa, no sólo en cada uno de los estamentos públicos, sino también en las empresas y entidades privadas.

viernes, 10 de mayo de 2013

EL DÍA QUE NUNCA ACABÓ




Normalmente los organismos maduran poco a poco, pero a veces lo hacen a través de un episodio traumático. Ese fue nuestro caso. Aquel 15 de mayo de 2011 perdimos la inocencia como organismo social. Dejamos definitivamente de confiar en las soluciones desde arriba.

A partir de entonces empezamos a probar diferentes caminos. Dentro y fuera del sistema. A través de las elecciones, de la movilización social, de la presión en la calle, de la concienciación en las redes y en las plazas, de la información. Todo era necesario pero muchas veces tuvimos la sensación de que nada funcionaba.

La economía social, el comercio justo, la banca ética, la moda sostenible, los grupos autogestionados de consumo o GAKs y el auge de la alimentación agroecológica, la teoría del decrecimiento, los pueblos en transición, la plataforma Stop Desahucios, la democracia participativa, la soberanía alimentaria, la protesta social y la defensa de la sanidad, con la mayor huelga conocida de todo el sistema sanitario, la marea verde, la primera marea, en lucha por una educación pública de calidad, la juventud sin futuro, la plataforma por la auditoría de la deuda, que cuando empezaron no eran más que unos pocos antisistema y ya hasta los más conservadores hablan de ello como si lo hubieran inventado; la Economía del Bien Común, los que se unen para salvar la hospitalidad, la iniciativa “no nos vamos, nos echan”, los parados en movimiento, los escraches, el foro social mundial, economía Sol y sus charlas en el retiro, la oficina de desobediencia económica, el frente cívico o las diferentes formas de cooperativismo son sólo unos pocos ejemplos de los cientos surgidos, resurgidos o reforzados desde entonces.

Cada uno hemos ido recorriendo uno o varios senderos, cada uno nos hemos ido arrimando al proyecto que más nos motiva, hemos buscado nuevas formas de información más fiables que las oficiales, nos hemos acostumbrado a reunirnos, manifestarnos, a acudir o incluso a impartir charlas, a trabajar de manera voluntaria como parte de la aportación a la sociedad, a ocupar y compartir espacios comunes. Hemos empezado a participar en nuestra propia transformación.

A la vez el mundo que conocíamos se está desmoronando. El sistema está arrebatándonos derechos a un ritmo suicida. Y tenemos la sensación de que no podemos pararlo.

El sistema desaparece a la vez que nosotros inventamos otro. Lo hacemos por necesidad, por instinto, “como el niño juega sin saber que juega”, que diría Eduardo Galeano. Pero lo estamos haciendo bien. Gracias a aquel día en que maduramos a la fuerza, e intuimos que teníamos que empezar a independizarnos del sistema que hasta entonces nos había tutelado.

Somos un nuevo orden incipiente, inmaduro e inconcluso. Pero "somos" en plural, y lo sabemos; ya no estamos solos. Nos equivocamos continuamente y nos sentimos frustrados; estamos aprendiendo.

Muchos no lo saben aún. Pero si hay un futuro, es nuestro.

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martes, 9 de abril de 2013

ANONIMATO, ESCRACHE Y PODREDUMBRE



En una novela negra, a medida que avanza el relato, el lector va encajando piezas, y la historia que acaba de leer va cobrando otra perspectiva. La realidad que percibió en una primera lectura cambia: los pequeños gestos se convierten en señales relevantes sin los cuales no habría tenido lugar el crimen.  Aquel pastelero al que el protagonista compraba una bamba de nata los jueves, un Volkswagen negro esperando para aparcar, una placa que anuncia el domicilio de un dentista, pasan de ser simples adornos narrativos a convertirse en piezas indispensables para la trama.

Durante los últimos años nuestra realidad ha cambiado tan rápido que a veces tenemos la impresión de estar descifrando las claves de nuestra propia novela. Y aquello que durante décadas nos pareció irrelevante, inevitable o perfectamente natural, ha pasado a convertirse en una pieza más que, junto con otras nos está llevando a la consecución de un terrible crimen.

Cuando con 25 años emigré a Madrid desde una pequeña provincia, muchos de mis amigos emigrantes, los más cosmopolitas, argumentaban que uno de los atractivos de un lugar tan inhóspito era el anonimato. Era tan importante esa sensación de libertad en la gran ciudad, que muchos de ellos afirmaban que ya no podrían vivir en un pueblo donde mil ojos te vigilan.

Yo sin embargo siempre eché de menos el saludo de una vecina, la sonrisa del pastelero al que compraba una bamba de nata los jueves, la sensación de ser conocida y única en la comunidad, de que todos supieran dónde había estudiado, y quién era mi abuelo.

Después de más de 15 años en el mismo barrio, y especialmente después de aquel 28 de mayo de 2011, a veces creo sentir esa imagen de pueblo, cuando paseando por el parque saludo y reconozco a la mayor parte de viandantes con los que me cruzo.

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Frente a mi fregadero hay una ventana que da a un patio y tras el patio una calle poco transitada. Hace unos días estaba fregando platos después de comer a la vez que observaba una escena, una escena que hubiera llamado la atención de cualquiera por el gesto desencajado de su protagonista.

Era un joven que salió del coche donde había estado discutiendo con su chica durante unos largos minutos. Salió por la puerta del copiloto pero no la cerró. Ella arrancó con intención de marcharse, era extraño porque nadie cerraba la puerta. Entonces el muchacho se interpuso en la carretera impidiéndole el paso. Finalmente ella retrocedió. Él empezó a cojear como si estuviera herido en el pie, gritándole que le había atropellado y finalmente volvió a entrar en el coche y cerró por dentro.

Dentro del coche el muchacho se comportaba de manera histriónica, a ratos lloraba, a ratos gritaba descompuesto, a ratos intentaba besar a la chica, a ratos se quedaba petrificado, ido, inmóvil. Ella estaba tensa pero muy segura. No se dejaba tocar, le pedía que se fuera, negaba continuamente con la cabeza y con la boca. Tenía la firme determinación de no ceder y la paciencia suficiente como para esperar a que el chaval se fuera, pero él no se iba.

Yo  había terminado de fregar cacharros, pero continué con la encimera, la ventana,... me iba pero al rato volvía.

Estaba en el salón cuando escuché gritos y corrí a vigilar. Era el chico, estaba fuera del coche. Había un Volkswagen negro en mitad de la calle, como esperando a que el coche de la joven desaparcara. Él de nuevo impedía el paso. Se ponía delante, incluso se subió de pié en el capó. Se arrodillaba en plena calzada. Entonces me asomé a la ventana y le grité:

-¿Es que no sabes entender un NO?, ¡Deja en paz a la chica de una vez!-

Otra voz femenina también le increpó desde otra ventana. Entonces él nos desafió:

-¡Métete para dentro, cotilla, o te reviento la ventana!.-

Por fin, aprovechando el pequeño despiste, la joven pudo escapar. Lo malo es que el muchacho se metió en el Volkswagen que yo creía que esperaba para aparcar, y el conductor, que al parecer era cómplice, aceleró a lo bestia para perseguir al de la chica.

Cerré la ventana pero el eco de las palabras del chaval retumbaba dentro de casa: ¡Métete para dentro cotilla!.

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Entonces empecé a encajar piezas: los escraches, los maltratadores, los psicópatas, las cargas policiales.

¿Y si resulta que ese anonimato de la gran ciudad a quien protege es a los infames?. ¿Y si en realidad cuando nos escondemos, cuando nos avergonzamos de nuestros actos, cuando evitamos las miradas de los vecinos es porque queremos realizar actos inaceptables o delictivos?.

Es verdad que todo depende de lo que la sociedad considere vergonzoso. Es cierto que en círculos infestados por posturas fundamentalistas o moralizantes la ética puede estar desvirtuada. Pero en un pueblo sano, conocer de cerca a nuestros vecinos nos protege de lo perverso, mientras que el anonimato facilita las bajezas de psicópatas, maltratadores, pederastas, malos profesionales, corruptos, ladrones, estafadores o jóvenes posesivos y machistas.

Si un dentista estafa y engaña a sus pacientes, no podrá sobrevivir entre los que le conocen.  

Si una alcaldesa se sube el sueldo nada más acceder a su cargo, será inevitablemente señalada por sus vecinos cada vez que salga de su casa, entre en un restaurante o lleve a su hijo al colegio.

Lo que ahora se llama escrache es la reacción natural en un pueblo sano, en el que los ciudadanos se reconocen entre sí y saben que si uno se desmadra los otros estarán ahí para reprochárselo, para avergonzarle, para afearle su conducta. Saber dónde vive un dentista, una vicepresidenta, un maltratador o un cirujano es lo natural en un país sano, en un pueblo que sabe defenderse de su propia podredumbre.




martes, 9 de octubre de 2012

SALVEMOS A ERÉNDIRA




SALVEMOS A ERÉNDIRA
Con el agradecimiento a Carlos Berzosa, que relacionó tan acertadamente el cuento de García Márquez “la increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” con el panorama actual.




La cándida Eréndira lavaba el cuerpo enorme de su abuela en agua perfumada por un caldo de hierbas aromáticas que preparaba cada día. Cuidaba la casa, cocinaba y limpiaba para ella sin un minuto de descanso, sin una pausa para el placer o el juego, incluso antes de la desgracia. Hay criaturas que nacen deudoras o se convierten en víctimas apenas nacer. No hay justicia para ellas, ni siquiera la buscan, ni siquiera creen en la posibilidad de ser libres. Son esclavas del delito de nacer, como Segismundo.

Hay países, y con ellos los seres que nacen y viven dentro de ellos, que llevan años en el papel de deudores, de esclavos, de víctimas de sus acreedores. Zimbabue, Somalia o Nicaragua acumulan una deuda externa que les obliga a entregar su riqueza antes de dar de comer a sus niños, antes de atender a sus enfermos; antes, mucho antes de preocuparse de sus discapacitados.

Hasta ahora, la lógica perversa del sistema, sólo había esclavizado a países pobres, países que se situaban fuera del entorno europeo, lejos de la frontera mejicana, al sur de de la valla de Melilla. Jamás pensamos que esa valla pudiera desplazarse hacia el norte, muchos siguen sin creerlo. “España no es Uganda”, “España no es Grecia”, “España es Europa” nos repiten, nos repetimos.

Y sin embargo basta con acercar la lupa a nuestros pequeños detalles, basta con comparar las exigencias de la Troika con las dictadas hace unas décadas por el FMI a los países africanos y latinos ahora esclavizados para deducir que nuestro camino es el de la cándida Eréndira. Nuestra historia está escrita.

Fuimos Europa, es cierto, y eso hará más duro nuestro calvario, porque conocimos la bonanza de un estado con Seguridad Social universal y pensiones para todos. Porque pudimos estudiar en la universidad. Y esa es a la vez nuestra única fuerza, la única ventana, la luz que puede salvarnos.

Si la pequeña Eréndira hubiera conocido otro destino, si hubiera vivido libre, quizás no hubiera aceptado su desdicha. Y si se hubiera negado a humillarse y prostituirse cada día, la historia habría sido otra. Sólo con su complicidad podríamos salvarla, pero para eso tendría que saberse con derecho a no pagar, y capaz de sobrevivir sin su abuela.

Todos comprendemos en el caso de Eréndira que la justicia pasa por liberar a la víctima y olvidar el pasado, que no siempre las deudas deben pagarse, que cuando el deudor se ha convertido en esclavo debido a la avaricia despiadada de su acreedor, lo justo es no pagar. García Márquez lo deja tan claro que nadie defendería a la desalmada abuela ni su derecho a cobrar.

Nuestros dirigentes se han mostrado en su mayoría incapaces de enfrentarse a los opresores. No sabemos con qué amenazas o promesas les compran o qué fiebre les impide comprender que es necesario romper estas reglas, desencadenarnos de los mercados, escapar de esta lógica. Quizás desde el poder sea más difícil visualizar la evidencia. O puede que sea necesario mucho coraje para hacer algo que no se espera de nosotros, para inventar un rumbo no escrito.

Parece claro que es el pueblo el que ahora posee la lucidez, es el pueblo el que está tomando las riendas, mostrando el camino.

Los poderosos nos exigen además que les diseñemos alternativas. Y lo hacemos. Hay grandes economistas explicando las diferentes opciones. Pero si alguien pretendiera liberar a Eréndira no se lo impediríamos con la exigencia previa de una hoja de ruta para el mañana, con el argumento de que no hay otro futuro posible para la niña. El fin es la justicia en sí misma; no se puede admitir una situación de evidente abuso con la excusa de que no hay otra opción.

Leamos todos el cuento de García Márquez, aprendamos del enorme maestro, pero busquemos el modo de cambiar la historia:

¡Salvemos a Eréndira!.

lunes, 24 de septiembre de 2012

RECORTES Y RETALLADES





Desde 2011, en Cataluña los servicios públicos básicos han sufrido un deterioro sin precedentes. Cataluña fue la primera comunidad que aplicó el cuento de adelgazar para sanar. Un cuento que viene de las directrices del norte pero que se aplica con mucho más celo en el sur.

Es un tratamiento que mataría al organismo más sano, y que una vez que se empieza a aplicar tiene visos de ser irreversible y de convertirse en una patología mortal a la que es necesario adaptarse para morir con el menor sufrimiento posible. Hay un punto de no retorno a partir del cual solo se aplican cuidados paliativos.

Arthur Más lleva casi dos años aplicando la receta mortal con gran diligencia, y con efectos devastadores en el ente que dirige. Cataluña era uno de los territorios más sanos del estado, con educación y sanidad gratuítas, universales y de calidad. Pero sin alimento, sus servicios públicos se han convertido en el modelo del que huir.

Debido en gran parte a esta receta, los países del sur se están alejando de los del norte en calidad de servicios y por ende en calidad de vida, en deterioro económico y en desarrollo; así las cosas, Mas ha pensado que a Cataluña, que casualmente se encuentra pegadita a Francia, le conviene más aferrarse al Pirineo que “sostener” al resto de comunidades del sur. Que si se trata de descomponer Europa en dos zonas diferenciadas de ricos y pobres, quizás se pueda conseguir desplazar la frontera hasta el Ebro, en lugar de dejarla en el Pirineo.

Con este mensaje subliminar, se ha presentado a su comunidad, y cree haberles convencido de que la solución es desprenderse de lastre. Sin Andalucía, sin Murcia, sin Extremadura, los catalanes podrían pasar por laboriosos ciudadanos del norte, y serían acogidos entre los que culpan al caracter alegre de los ciudadanos mediterraneos de todos sus males.

La argucia le ha salido a pedir de boca. Los enfermos catalanes ya no se preocupan por la lista de espera y a los médicos dejó de cabrearles que se retrase 60 días el cobro de las guardias. A los estudiantes ya no les importa pagar las tasas más altas de toda su historia y los funcionarios renuncian mansamente a su paga de navidad. Lo único que ahora es importante para un catalán es conseguir que esas tasas se queden en Cataluña, que ningún haragán Gallego o Castellano se lleve ni un euro de los que los pensionistas catalanes paguen por sus medicinas.

El Sr Mas, ahora puede ahondar en su modelo de estado sin estado, donde los ciudadanos que pueden se pagan los servicios y los que no, se pasan sin ellos (sin universidad, sin medicinas, sin guarderías). Puede continuar con su plan de adelgazamiento mientras la sociedad debate si prefiere que le baje la pensión el estado español o el estado catalán, si opta por ser desepleado o desocupat, si puede soñar con una Cataluña campeona de la Eurocopa o tendrá que conformarse con seguir viendo a Pujol y Piqué jugar para la selección española.

Todos sabemos que los llamados ajustes no están dando resultado en ningún lugar, sospechamos que por ahí no vamos bien, y que hay más ideología que buena voluntad en este tipo de políticas. Pero esa ideología cala en una gran parte de la sociedad. No todos aspiramos a una sociedad más justa y más igualitaria. No nos engañemos, muchos ciduadanos sólo aspiran a salvarse ellos. Y ahora que parece que sólo unos pocos van a sobrevivir al naufragio, muchos piensan que cuanto más lastre se eche a la mar, más probabilidades tendrán ellos de subir al bote de primera clase. Y cuando digo lastre me refiero tanto a las autonomías zánganas que gustan de la siesta y el cachondeo, como a los sinpapeles, desempleados o pensionistas, que chupan recursos del estado.

Hay muchos catalanes críticos, hay miles de indignados y montones de protestas cada día contra el verdadero enemigo. Gran parte de la población sabe que la falacia de los recortes no es más que un pretexto para enriquecer a unos cuantos mientras nos precipitamos hacia el cataclismo. Pero hay también, como en todas partes una gran masa de ciudadanos de pensamiento insolidario y perezoso a los que es fácil manejar. La diferencia es que allí esos ciudadanos pueden esconder su vergonzante ideología tras una bandera que despierta respeto y simpatía en muchos foros tanto de la izquierda como de la derecha. Una bandera que en otro contexto reivindicaría un derecho legítimo injusatamente ignorado.

Es cansado pensar,  por eso son a veces tan peligrosos los símbolos.

lunes, 23 de julio de 2012

ARDE ESPAÑA




Es lunes, 23 de julio.

El fuego en Girona avanza hacia el norte, y Francia está en riesgo de contagio.


Escucho a un compañero decir en voz alta que lo mejor que le puede pasar a España es que la rescaten. 

Sus palabras se convierten en una corriente que me recorre. 

Siento miedo. 

El lenguaje ya no sirve.

Y sin lenguaje estamos perdidos.

¿En qué clase de mundo podría ser mejor morir que ser rescatado?. Nadie querría vivir en semejante lugar. En un lugar donde los unos ayudan a los otros para extorsionarlos, donde tu vecino te salva del fuego sólo si prometes regalarle tu casa.


Recuerdo que hace unos años me conmocionó una noticia sobre inmigración. Fue en el año 2002. Un barco cargado de refugiados afganos, el navío Siev X, naufragó cerca de Australia. Venían de indonesia, donde la policía les impidió atracar a pesar de tener una grieta en el casco. Una vez en alta mar pidieron asilo en Australia. El primer ministro australiano, el conservador John Howard, se lo denegó, y el barco estuvo desaparecido durante tres días. Al final, el barco naufragó y un total de 353 buscadores de asilo, incluyendo 150 niños, murieron. Los 44 supervivientes fueron rescatados al cabo de otros tres días. La lógica espeluznante del sistema empezaba a despuntar. Después vineron Irak, Afganistan, los CIES...

El sistema se había despojado de su máscara, había perdido los complejos, había quedado definitivamente en manos de psicópatas. A principios de este año se publicaba el libro “¿Es usted un psicópata?” de Jon Ronson. Según Ronson no tener remordimientos, no sentir empatía, mentir de manera patológica o ser manipulador son algunos de los rasgos que caracterizan a los líderes políticos. Y explica este fenómeno porque el sistema capitalista premia y eleva a los individuos con estos rasgos a los puestos relevantes.
Ya lo intuíamos. Lo fuimos descubriendo cuando escuchamos la noticia del Siev X, lo comprendimos cuando millones de ciudadamos exigimos que se parara la invasión de Irak; aquella mentira. No la paramos. El capitalismo continuó funcionando en contra de nuestra esencia, en contra de nuestra razón de ser, en contra de nosotros mismos.


Aún así, en ocasiones, quizás cuando la realidad es demasiado cercana, o demasiado atroz, nos negamos a reconocer la perversión de nuestro sistema. Los ciudadanos, los trabajadores, las personas normales (que diría Rajoy), no lo acabamos de asimilar.  No podemos creer que nos salven para dejarnos morir en sus manos.

Intuimos que la palabra rescate ha perdido su significado. Hay indicios: sabemos que ningún país quiere ser rescatado. Y eso se escapa a la lógica del lenguaje.

Pero, como la víctima que necesita creer en la bondad de su secuestrador para aceptar sin trauma la aberración de su vida,y para evitarse el descomunal esfuerzo que supondría aprender otra forma de existir, con esa ingenua y persistente confianza en lo establecido, esencial por otro lado para que el psicópata actúe, deseamos ser encerrados en la más oscura de las cuevas, agradecidos de que nuestro carcelero nos perdone la vida.